jueves, 16 de abril de 2009

El circo


Hoy fue un día de marcados rasgos cuauhtemenses: un viento desatado y sin brújula, cargado de polvo y toda clase de basura; el sol que ni calienta ni ilumina del todo bien, sino que, mas bien, agrede y golpea en el cráneo, como un clavo cósmico directo al cerebro. Por fuerzas de mayor orden y a pesar del cotidiano caos, caminé por el centro y, en la plaza, vi que la gente se emocionaba y se reunía, así que me uní a la masa y descubrí que la razón de su pueblerina alegría eran los animales del circo que ha llegado a la ciudad.
Estaban debidamente encerrados en remolques y lo más impresionante era el tigre. Una enorme bestia somnolienta, desvergonzadamente acostada “panza para arriba” y con las piernas y garras abiertas. A pesar de que el felino apenas se movía (su fiereza la mostraba solamente con largos bostezos, que dejaban a la vista sus colmillos y la amplitud de su hocico) la gente demostraba temor ante cualquier gesto del animal, lo que lo mantenía tranquilo pues no se le acercaban mucho. El resto de la comitiva (compuesto por una pantera negra, algo que supongo era un jaguar y un par de simpáticas llamas) no parecía muy cómoda pues, al no ser tan imponentes, quedaban a merced de mis no muy cordiales conciudadanos. Un niño horrible pegaba constantemente en el metal de la jaula de la pantera y todo el mundo quería tocar a las llamas, que se movían asustadas en su apretado habitad.
A lo lejos, parecen aún hermosos y fuertes. El pelaje de la pantera negra tiene un aspecto sedoso y limpio; el de las llamas se ve espeso y los ojos del tigre parecen aún llenos de la luz y la fuerza que lo acompañaron en tiempos mejores. Pero basta acercarse un poco para notar el desgaste, la suciedad y la desgana de estos prisioneros. En sus ojos, el tigre ya no refleja una salvaje vitalidad sino una tristeza infinita.
Estando ahí, miré a mi alrededor, a la gente que estaba a mi lado. Emocionados por poder ver a las fieras ya mermadas, no nos fijábamos en nuestras propias heridas y en nuestra muerta vitalidad. Nosotros estábamos fuera de la jaula, pero nuestra piel, nuestros ojos y nuestra voz era la de un prisionero.

Un hombre, de rostro muy moreno, miraba al tigre a mi lado. Alguien, para despertar al animal y así atraer a mas gente, levantó la entrada de la jaula y la dejó caer de pronto, asustando al tigre y, todavía más, a los que lo mirábamos. Con voz muy grave, el hombre dijo:

-Al tiro, que se suelta-

2 comentarios:

magnolia dijo...

que triste tigre :(

Asmajiv dijo...

Pobres animnales, lo que hemos hecho con ellos. No es justo que estén presos solo para divertir a la gente