jueves, 24 de febrero de 2011

Desautomatización

Hubo un ruso, así es, lo hubo, que se llamó Shklovski (si, así se llamaba). Es de conocimiento general que a los rusos les gusta eso de ponerse nombres que les traben la lengua a los demás habitantes del planeta, menos a los ucranianos, que tienen la misma costumbre. El caso es que a este ruso le gustaba mucho leer y entonces se convirtió en uno de los principales teóricos de una escuela de crítica literaria llamada “formalismo”, cuyos detalles no importan para el buen desarrollo de la presente entrada.

Entre las muchas cosas que dijo y escribió, está el concepto de “desautomatización”. El decía que la realidad hace que percibamos las cosas de modo “automático”, es decir, mecánico. Vemos tantas veces nuestra casa, por ejemplo, que ya no la vemos en realidad, porque ya no tenemos una verdadera conciencia de dicho objeto, es decir, la casa. Hablamos tanto, y, necesariamente, todos los días, que las palabras ya “no nos saben”, de tanto decirlas. La literatura, decía el sabio ruso, “desautomatizaba” la realidad, haciendo que notáramos al mundo. Haciéndonos ver al mundo como si fuera la primera vez que lo viéramos: renovando al mundo y al lenguaje.

Un poema, por ejemplo, utiliza, más o menos, las mismas palabras que utilizamos todos los días para hablar con nuestros amigos y enemigos. Pero logra que las notemos, que las disfrutemos, como si nunca las hubiéramos escuchado. Las “desautomatiza”, pues. Las renueva, una y otra vez.

Tenía razón… el ruso. Todos los días salimos a la calle, todos los días vemos gente, todos los días comemos (espero, pues), todos los días vemos el cielo, la ciudad, los perros de la calle, los gatos, los árboles. Todos los días decimos “mucho gusto”, “que te vaya bien”, “nos vemos luego”. Estrechamos manos, abrazamos. Todos los días tomamos agua. Y, de pronto, esos actos son como si no existieran, porque ya no tenemos conciencia de los mismos. El “gusto en verte” ya no significa nada, ya es sólo un formalismo sin peso. No notamos la frescura, el milagro cotidiano, del agua pasando por nuestra garganta, limpiando nuestro cuerpo. No vemos las aves, no buscamos formas en las nubes. En nuestro entendible deseo de ser prácticos, rápidos, eficientes (hay que serlo, por supuesto), se nos puede olvidar ver el mundo, disfrutarlo en su sencillez, en su inmediatez.

Hay que desautomatizar nuestra percepción.

Ahora, Libia

En efecto, la cosa no paró en Egipto. Los árabes están por conquistar otra victoria: la caída de Gadafi, en el poder desde 1969. Esta vez les ha costado mucha sangre, pues los han reprimido con crueldad. Pero lo van a lograr. Sencillamente, admirable.

2 comentarios:

Eva Bertlen dijo...

Pese a tu -en ocasiones- deficiente ortografía, mi buen Alex, he de decir que me gusta mucho cómo escribes :D

Alexandro dijo...

Jajaja, gracias, Bertlen.