jueves, 22 de marzo de 2012

Lenguaje muerto.


Llegué entonces a una sala
y en la sala había un grupo de personas
y en estas personas habitaba una luz
y me parecía que quien soñaba no era yo.
Al frente una muchacha les hablaba
sobre la vida de las palabras
y decía que son inmortales e infinitas
y, ahora recuerdo, me pareció que hablaba con verdad
pero que su verdad era a medias
y que ignoraba o que bloqueaba en su discurso
al escenario ácido y gris que se abre,
como una grieta ya no al infierno sino a la nada,
apenas cruzando el umbral de una puerta
o abandonando la penetrante quietud de un jardín.
Y me pareció que habría que decirlo todo
y que habríamos de incluir en el discurso
a la muerte del discurso: la muerte de las palabras:
decir que el lenguaje no muere nunca,
pero sí su belleza, sí su valor,
y que la degradación del lenguaje es peor que la muerte del lenguaje
porque la muerte es culminación y éxtasis
y no hay éxtasis en el barro idiota de la calle
o en la palabra convertida en instrumento intrascendente.

1 comentario:

unpoetic Corpse dijo...

un día en la esquina... jaja muy bueno eh