sábado, 28 de enero de 2012
Puente
miércoles, 18 de enero de 2012
No tener nada que decir
Y es que leer buenos libros te convierte en alguien taimado y desconfiado ante tu propia escritura. Yo leo un cuento de Borges, por poner un ejemplo indiscutible, y sé, me doy cuenta ahí mismo, que él tenía algo que decir, algo importante y que halló el modo correcto, además, de decirlo. Un modo hermoso y preciso, como una sinfonía, de decir algo importante.
Y es en ese momento, ante el deslumbramiento de unas palabras bien dichas y merecedoras de estar en miles de páginas alrededor del mundo, cuando uno se da cuenta de la pequeñez de su empresa, de lo nimio que es sentarse frente a la computadora y abrir el word y escribir sobre el hecho de no tener nada que escribir.
sábado, 24 de diciembre de 2011
Escrito desde una oficina
martes, 20 de diciembre de 2011
Balbuceos
Aquí el cielo se ve más amplio. Da vértigo. Como si uno se fuera a caer en el cielo.
Aquí la tierra está seca pero, si escarba uno un poco, si uno está dispuesto a ello, se pueden encontrar verdaderos ríos.
martes, 27 de septiembre de 2011
Fósil

Se me han terminado las palabras. Estas son fósiles de las que eran. A la mejor no soy el único, no son las únicas.
Ulises se va. Pelea en Troya, la admira en su destrucción, y regresa. Recupera a Penélope, recupera su lecho cálido y largamente deseado. Recupera los valles oscuras de Ítaca. Se dice satisfecho pero se da cuenta, sin darse cuenta, que no es lo mismo. Sabe que en el fuego se consumió algo más que el esplendor de Troya.
Un hombre que estuvo en el infierno (como todos alguna vez) camina por una calle y es de noche. Respira hondo y le agrada el viento fresco, eso que llaman la libertad. Pero le gustaría estar con ella. Le gustaría que sus pasos fueran acompañados por los pasos discretos, borrosos, de ella. Se para a media plaza, mira al ángel y siente la tentación de convertirse en estatua.
jueves, 25 de agosto de 2011
Días de perdidas
No sé por qué me ha puesto tan triste la fecha de tu aniversario, Borges. Fue, sin duda, un día triste. Gris y fragmentado.
A la mejor es el hecho, para nada importante, de que ando extrañando muchas cosas por estos días y de que siento que la nostalgia es como una de esas canciones que, por las noches, no podemos despegarnos de la mente y que no nos dejan dormir. No estoy seguro pero pienso que lo que escribiste, lo que conocemos de lo que escribiste, está en clave nostálgica.
Pienso que te he convertido en un símbolo, Borges. Un símbolo oscuro, del color de la sangre seca. Y siento, en esta tarde que ya es noche, que estoy perdiendo ese símbolo. Que es como una joya, muy preciada, que no encuentro por ningún lado. Que es uno de los muchos símbolos que se me alejan.
domingo, 24 de julio de 2011
Nacimiento

I
Es la noche y es el lago (en este orden)
y la noche es total y todo lo impregna
y el lago está quieto, mortalmente quieto
y no hay forma de fantasear con discretos peces
viviendo o muriendo en el fondo del lago estático.
Alrededor del lago no hay nada. Nada.
Pero se conoce que el silencio, aquél silencio,
está colmado de gritos, de palabras guturales
como si de innumerables luciérnagas se tratara.
Se sabe que la sombra
está a punto de explotar
y que en ese mundo fuera del mundo
lo estéril es lo fértil
y que todo trasciende.
El fondo inasible del lago
es como el azulado brillo de la locura en los ojos
y nadie podrá decir el porqué.
II
Levantado de la nada,
de entre el tumulto de los muertos que no han vivido.
Levantado desde el fondo de un mar de sombras,
ungido por las sombras mismas que te anulaban.
Ungido.
¿Qué hiciste, pequeño, para merecer la luz?
¿Qué para vestirte de un rostro y un nombre?
Has elevado tu voz, pequeño, hacia algo que no conoces
pero que te conoce a ti.
Has caído en las manos de la vida,
en las sedientas manos húmedas de la vida,
en la infinita telaraña del tiempo
que ahora es tuyo y al cual perteneces.
A veces me pregunto si yo soy un simple rostro
del Tiempo, tu verdadero padre,
tu más profundo origen.
domingo, 17 de julio de 2011
Los tesoros
Estas palabras se revelan en mi contra.
Conspiran, las desgraciadas. Las pobresitas palabras.
Están aquí, frente a mi, sin estar realmente aquí, frente a mi.
Están en tantos lados. En muchos, al mismo tiempo.
Unas son como tumbas o fosas comunes.
Otras son como la clave de un laberinto que no podré descifrar
o como un brillo esperanzador en mitad de la calle
que resulta ser basura o un pedazo de metal, y no el oro que pensábamos.
Uno desciende a sí mismo,
en busca de las palabras,
con la misma actitud, la misma locura,
del buscador de tesoros
que derrumba su casa por una corazonada, por un indicio
que resulta ser falso.
Casi todas las palabras que encontramos son falsas:
como si fueran la piel mudada de un reptil maravilloso.
Como oropel.
Pero, a veces…
Uno desciende a sí mismo
y es entonces una voz, que no es la nuestra,
que uno reconoce como ajena
y que no es ni de diablo ni de dios
sino de algo más antiguo,
más elemental
y que es la fuente de los nombres
sin tener ella misma un nombre,
que es la raíz de las palabras
siendo en sí misma sorda y muda
e invisible a las palabras.
Que no tiene símbolo.
lunes, 11 de julio de 2011
Las tardes

Últimamente, principalmente cuando voy caminando, me he sentido pesadamente viejo. Ni cansado ni lento ni enfermo ni nada parecido. Viejo.
Y ya sé que es estúpido, porque no soy viejo. Pero bueno, no puedo evitarlo y camino y me siento viejo.
Miro a muchachos de mi edad pasar al lado mío y no sé, siento que se ven más ágiles, más descansados. Siento que caminan como propulsados por el mismo viento o por el calor de la tierra.
Y entonces, de pronto, me siento así y no me sorprendería toparme, durante mi trayecto, con algún repentino espejo y que éste me devolviera la imagen de mi rostro, el mismo, pero surcado de profundas arrugas, de grietas que parecieran querer atravesarme, furiosas por algo que no sé.
No me sorprendería mirar mis ojos cansadísimos. Pero con ese cansancio que ya no se quita con el simple sueño, sino con el sueño abismal que purifica, que todo lo purifica y lo anula.
Así me siento de repente. Sn previo aviso y sin razón alguna. Y no importa si atardece o si está apenas naciendo el día. Da igual.
miércoles, 6 de julio de 2011
Ramificaciones

Iba a escribir que todos andamos como muertos,
que nuestras alegrías son crueles espejismos
y que nos damos de topes contra ellos y la cara nos sangra,
tarde o temprano.
Iba a escribir que el tráfico de la ciudad nos consume
y que nos corroe la sangre un rencor tan viejo que ya no es nuestro,
y sería válido escribirlo.
Pero mejor escribiré que tus ojos son más oscuros
que las calles más remotas y mas ajenas,
que tu piel, fina y acuática, es el fruto
de la vaga figura que mis pasos han formado
y que tu llanto es nuevo, único bajo el sol
y puro y quisiera que así fuera por siempre.
La ciudad se ramifica y siempre me había intrigado
el misterio del centro, del eje de dicha perdición: la raíz.
Hasta ahora la conozco.