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domingo, 6 de febrero de 2011

Dos libros de Mario


Terminé de leer, hace apenas unos días, dos libros de Vargas Llosa: por un lado, su última novela, El sueño del celta, y por el otro Historia de Mayta, escrita en 1984. Que enorme diferencia y, sobre todo, que diferencia tan ejemplar hay entre estos dos libros, que salto, o descenso, tan notorio en lo que se refiere a la calidad.

En muy resumidas cuentas, El sueño del celta narra la biografía de una magnífica figura de la historia de Irlanda: Roger Casement, quien fue un promotor de los derechos humanos y, ya en la última etapa de su vida, un activista de la independencia de Irlanda frente a Inglaterra, que en aquél entonces mantenía a Irlanda como una colonia. Roger Casement, en búsqueda de aventuras, viaja, primero, al Congo, que estaba bajo una férrea dominación belga, y ahí encuentra algo muy parecido al infierno, en donde los congoleños eran explotados, brutalmente, por sus dominadores europeos. Pero no será nada comparado con lo que verá en su siguiente viaje, esta vez a la Amazonía peruana, al llamado territorio del Putumayo, en donde, de nuevo, es testigo, de primera mano, del horror y la miseria a la que pueden llegar los seres humanos, en esta ocasión los indígenas amazónicos. Después de tan duras experiencias, Casement vuelve a su natal Irlanda con la firme idea de no permitir que la colonización cause los mismos efectos en los irlandeses que él había visto que causaba en los africanos y en los indígenas de América: la pérdida total de la dignidad, de la conciencia y, en cierto modo, de su humanidad. La historia que narra Vargas Llosa es muy buena, pero la narración en sí es bastante deficiente, más aún si la comparamos con todas sus novelas anteriores, en las cuales había mantenido, siempre, una tensión admirable, una constancia casi increíble de calidad y profundidad narrativa. Para mí, que casi he leído todas las novelas de este autor, este su último libro me parece el peor.

Que diferencia con Historia de Mayta, novela que, en verdad, no pude soltar apenas la comencé, completamente inmerso y como hipnotizado por la fuerza, el dinamismo, la pasión de lo que se narra. Otra vez en resumidas cuentas: Alejandro Mayta es un experimentado, pero pareciera que inútil, revolucionario comunista, que ha pasado su vida entera conspirando sin pasar a la acción, sin pasar, pues, a la Revolución. Hasta que conoce a Vallejos, un subteniente con ideas de izquierda que cree, como Mayta, que el Perú podrá desarrollarse solamente a través de la lucha armada, de la acción revolucionaria. Pero a diferencia de Mayta, Vallejos es joven todavía, animoso, con liderazgo y con la suficiente buena labia como para convencer al viejo conspirador y entonces vengar, dicen ellos, al pueblo en contra de los imperialistas que los dominan. Lo que se cuenta es real: Vargas Llosa explica que, estando en París, leyó sobre un esporádico levantamiento en los Andes peruanos y que, años después, investigó y se documentó sobre dicho suceso para después, ojo, fantasear y escribir una novela. Corrijo entonces lo dicho: lo que se cuenta esta basado en hechos reales, pero no sucedió de tal manera, sino que desordena los hechos, los cambia, los exagera o bien agrega totales mentiras, creando así un texto en donde todo es falso pero, al mismo tiempo, tan realista, tan creíble, que el mismo lector (al menos este lector) se pregunta, de pronto, si está leyendo una ficción o un reportaje periodístico.

El libro narra una ficción pero, intercalados con los fragmentos novelescos, hay entrevistas, crónicas de viajes y de encuentros que fueron realidad, que Mario cuenta en primera persona porque, en efecto, sucedieron cuando el escritor investigaba sobre lo que pasó, pero de distinto modo: ha cambiado nombres, situaciones, quizá palabras, pero el sentido es el mismo. Y después, el final de la novela: un choque con la realidad. Mario cuenta, en el último capítulo, su encuentro (este sí real) con Alejandro Mayta, inspiración para su personaje. La breve conversación que se da entre los dos, entre Mario y Mayta, es fascinante pero cruel y dolorosa de tan realista. Un excelente final que, claro, no contaré.

Lo que le falta al Sueño del celta es lo que hace maravillosa a Historia de Mayta: la literatura, la versátil y plástica utilización del lenguaje al momento de describir paisajes, personajes, situaciones. Al Sueño le falta, sobre todo, la eficacia del lenguaje y del manejo del mismo (la técnica narrativa) que le sobra a Historia de Mayta, libro que recuerda, en el sentido formal, a los mejores fragmentos de Conversación en La catedral o, incluso, La guerra del fin del mundo.

Entiendo que Historia de Mayta no fue la novela más celebrada de Vargas Llosa, y que fue vista, incluso, como una novela menor: quizá la razón es el tema político, la terrible y mordaz crítica a la izquierda que Vargas Llosa hace, o dicen que hace, en esta narración. Yo, en verdad, pienso que es de sus mejores libros y debo decir que me emocioné hasta las lagrimas con algunos fragmentos y que lo que Mario hizo con este libro, narrar la bella muerte de las ilusiones, me salvó del frío glacial de estos días, mientras lo leía en mi casa que, por el mencionado frío, se había quedado sin agua, sin gas y, de a ratos, sin luz eléctrica.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

El otro discurso


Y siguen los papeles secretos de la diplomacia estadounidense, esos chismes que, de pronto, se van poniendo más serios. Continúa, igualmente, el debate ético sobre si está bien o está mal que Wikileaks haya dado a conocer toda esa información.

Por un lado, es cierto que todo gobierno funciona, de algún modo, en base a secretos. Es decir, todos los gobiernos, incluso los más democráticos, tienen dos discursos: el público y el privado. El público es lo que nos dicen las noticias y el privado (que en ocasiones puede, claro, coincidir con el público) es aquél que no nos dicen, pero que es, en última, el verdadero. Todo gobierno funciona de tal manera.

Por otro lado, yo, que me considero un permanente lector de noticias, estoy hasta el carajo de sentir que no leo, en realidad, nada verdadero en dichas noticias: estoy cansado de sentir que estoy siendo engañado por los periódicos y por los noticieros, que aquello que me dicen, la información que me dan, no es nada más que un teatro, una ficción, una cortina de humo, para cubrir lo verdadero: para cubrir la verdad.

Por eso, me parece fantástico que Julian Assange (sin querer endiosar o algo por el estilo a dicho personaje) se haya atrevido a publicar toda esta información que nos da a conocer, a fin de cuentas, ese “otro discurso”, el privado, de muchos gobiernos, no solamente del de Estados Unidos, al menos en lo que se refiere a la política externa y, claro, sólo en ciertos temas.

Además, Wikileaks es solamente un medio de comunicación. Assange no le robó a nadie la información que dio a conocer, él simplemente publicó aquello que otro ya se había robado y que le hizo llegar. Si se condena a Wikileaks, entonces habría que condenar también a los otros medios de comunicación que han dado a conocer los cables secretos. Lo cual, claro, sería una completa idiotez.

Varguitas de fiesta

Es un gusto ver llorar y reír a Vargas Llosa en esta su celebración, esta su fiesta, del Nobel. Que suerte de no tener la suerte de un Borges, quien merecía este premio y que, tontamente, se quedó sin él. Por cierto, en respuesta a la pregunta de a quien le daría el Nobel, Vargas Llosa dijo que resucitaría a Borges para otorgárselo.

jueves, 7 de octubre de 2010

El escribidor

Es curioso, pero hasta los más radicales críticos de Mario Vargas Llosa parecen haber suavizado, ligeramente, sus palabras y se dicen contentos por el Nobel. Dicen, casi todos, que Mario, que los libros de Mario, lo merecían, no sin, después, agregar que lo merecía a pesar de ser “derechista”, “reaccionario”, “deplorable” y demás adjetivos un tanto contradictorios. El mexicanísimo Paco Ignacio Taibo II (del cual uno se entera que es escritor cuando te lo dicen y lo lees, porque por la facha pareciera más bien taxista o taquero, sin ofender a los taxistas y taqueros) ha declarado, a la primera oportunidad que tuvo, que Mario es un ser “deplorable como ciudadano y como persona”. Solo Taibo sabe la razón de tan profunda inquina. Sin embargo, dice, Mario se lo merecía. En pocas palabras, todos están contentos. Carmen Balcells, editora y amiga de mucho tiempo atrás de Mario, ha dicho que parece, más bien, que Vargas Llosa ha ganado la Copa del Mundo.

Yo solo puedo decir que estoy bien, pero bien contento. Que me emocionó, me conmovió, muchísimo cuando, esta mañana, apenas despertando de un sueño intranquilo y convertido en insecto, me metí a internet a ver quien había ganado y me encontré con el rostro feliz de Mario, con la noticia de su premiación. Algunos me dirán, estoy seguro, que los premios no son lo importante y que, en realidad, no dicen nada, y tendrán quizá razón, pero a mí eso no me importa. Yo no estoy feliz ni por la lengua y literatura en español, ni por Latinoamérica, ni por el Perú (que no conozco) ni por nadie más que por Mario Vargas Llosa, un hombre al que no conozco en persona y el cual no tiene ni la más mínima sospecha de mi existencia, pero al cual siento muy cercano y al cual le agradezco, anónimamente, horas y horas de felicidad y de maravilla en sus libros, de la mano de sus amargos personajes, paseando por Lima y sus cantinas de mala muerte y sus avenidas y sus edificios antiquísimos, navegando por la selva del Amazonas en medio de los aguarunas y machiguengas, escuchando y conociendo a los alumnos de un oscuro colegio militar, emocionándome con las aventuras eróticas de Fonchito y de su padre y su madrastra, muriendo en medio de la batalla apocalíptica que finalizará con el mundo…

martes, 7 de septiembre de 2010

Segundas impresiones de Conversación en La Catedral


Lees un libro y te gusta. Años después, lo relees y te gusta de nuevo, pero de un modo distinto. Aprecias mejor la historia: error, no la aprecias mejor, sino de diferente manera. Hay fragmentos que, en la primera lectura, pasaron desapercibidos y en la nueva lectura resultan ser los que más te impresionan. Podría decirse que, en realidad, no existe la “relectura”, sino que es siempre “otro” libro. Un buen libro es siempre muchos libros, que solo están esperando a que sepas leerlos, encontrarlos en las páginas.

Eso es lo que me está pasando con Conversación en La catedral, de mi estimado Mario Vargas Llosa. Lo leí hace como cinco años y me impresionó. Luego, lo releí en fragmentos, a veces un capítulo, a veces otro, pero solo hasta ahora lo releo íntegramente (apenas en la mitad, por el momento). En este tiempo yo he cambiado y, por tanto, también el libro, o, para darme a entender, mi percepción del libro, mi muy personal lectura. Pero lo que no ha cambiado es la impresión que me causa, la fascinación que me genera su historia, triste y fatal, y sus personajes, grises y desarraigados. Como casi todos en Vargas Llosa.

Las novelas de Mario no son muy fáciles de reseñar, ya que contienen, casi siempre, muchas historias, muchos personajes, múltiples situaciones. Lo mismo me pasó, por cierto, en este blog, con La casa verde. Conversación cuenta las historias, los destinos, de muchos personajes (de distintos estratos sociales y oficios y personalidades) enmarcados en el Perú de los cincuenta, durante el llamado “ochenio”, es decir, los ocho años en los que el general Odría gobierna ese país, estableciendo una dictadura militar que asfixia a la prensa independiente y a los demás partidos políticos y que se manejó en base a la corrupción y a la tortura, como cualquier dictadura. En ese ambiente creció, en realidad, Vargas Llosa y en ese ambiente se mueven los personajes de esta novela, Santiago Zavala, Ambrosio, Amalia, la Musa, Trifulcio, el senador Fermín Zavala, y un largo etcétera, todos ellos afectados, de un modo u otro, por la corrupción, la suciedad y la falta de escrúpulos de la gente en el gobierno, todos ellos “envenenados”, podría decirse, por el sistema, por la forma en que las cosas se manejan.

Llama la atención que, en realidad, los personajes no tienen “grandes historias”, es decir, los personajes no tienen “biografías” heroicas, excitantes, extraordinarias. Todo lo contrario: son seres bastante ordinarios, que crecen en pueblos polvorientos y después se casan y tienen algún hijo y luego trabajan aquí o allá y después mueren, sin dejar, qué duda cabe, ninguna huella a su paso, ni hacer cosas trascendentales para su país ni para sí mismos. Sin embargo, la narración de “lo que les pasa” es tan profunda, tan bien lograda, que nos resultan personajes entrañables y, entonces, esa maraña de historias personales ordinarias se convierte, sin temor a exagerar, en toda una epopeya (utilizando mal el término, claro), en una gran historia, emocionante y reveladora. Inolvidable. Una historia extraordinaria compuesta por historias personales ordinarias. Al terminar de leer la novela, como sucede con La casa verde o La guerra del fin del mundo (otras excelentes novelas de Mario), uno tiene la impresión de haberse sumergido en un microcosmos, en un mundo aparte de este mundo. Uno tiene la impresión de haber vivido y sufrido y amado y odiado en el Perú, el complejo Perú de los años cincuenta.

Vargas Llosa menciona, en su prólogo a la edición de Alfaguara, lo siguiente: “Todavía peor que los crímenes y atropellos que el régimen cometía con impunidad era la profunda corrupción que, desde el centro del poder, irradiaba hacia todos los sectores e instituciones, envileciendo la vida entera”. A través de las muchas historias que se narran en sus páginas, la novela nos muestra que la política, y en este caso la mala política, lo afecta todo, influye hasta en los actos más íntimos y privados (quizá por eso mismo los más importantes) de la vida de los seres humanos. La corrupción que “irradia” desde el centro del poder condiciona, y termina por unir, los ordinarios pero complejos destinos de los personajes, convirtiéndolos en personas llenos de frustración y de nostalgia por aquello que “pudieron haber sido” y que ya nunca serán.

El tema clave de la novela son las flaquezas de los personajes, las debilidades y las miserias de su espíritu, su propensión ya sea a la torpeza o a la maldad. Sumidos en la ignorancia y en los prejuicios, sus actos están determinados por la depresión de su mundo, por la tristeza y pobreza de sus pueblos y caseríos, por la suciedad e, incluso, la fealdad de sus ciudades. Aún cuando muchos de sus personajes son miembros de la aristocracia, senadores, ministros de gobierno, empresarios, todos están “enfermos”, podría decirse, de los vicios que los unen a todos, ricos y pobres.

Una novela muy recomendable. Como mexicano que eres, lector (a), te sentirás bien identificado por ciertas situaciones y muchos personajes.

viernes, 2 de abril de 2010

La grandeza de la bajeza (sin albur)


El tema del post anterior no quedó, quizá, suficientemente expuesto, ya que se refería, más que nada, a la memoria. El tema era, o iba a ser, la tristeza como condición humana. El ser humano ha sido, es y seguirá siendo un ser que sufre; siente, como no, placer, felicidad, plenitud en algunos y atesorados momentos, pero estos instantes pueden compararse, fácilmente, con un oasis en medio del desierto. El placer está cercado por el dolor, y no al revés.
Lo vemos en muchas cosas, pero sin duda esta condición humana es estudiada, a fondo, en la literatura, la cual no podría existir sin el sufrimiento y la maldad humana, sin las miserias de nuestra especie. A mi me gustan mucho las novelas del peruano Mario Vargas Llosa y las leo y releo con un placer inacabable, pero hasta hace poco me he dado cuenta de algo bastante visible y que se me había escapado: prácticamente todos los personajes de las novelas de Mario son seres demacrados, terriblemente frustrados, llenos de rencores hacia el mundo, hacia sus semejantes y hacia sí mismos. Ciertamente, quien busque en las historias de Vargas Llosa un cómodo escape del mundo real, con sus terribles deficiencias e injusticias, no quedará muy satisfecho con esas páginas que nos hablan del miedo y la impotencia que, muchas veces, sentimos los humanos ante aquello que hemos creado.
Esto se repite desde el principio: sin el dolor humano no habrían existido, tal como las conocemos, historias maravillosas como La Odisea, el Quijote o cualquiera de los libros que ustedes consideren como clásicos. La literatura, la buena, es una especie de estudio, milenario y vastísimo, sobre el sufrimiento y sus ocasionales treguas.
Aún así, cuando releo la gris y compleja historia de Zavalita, al que podríamos considerar como el personaje principal de Conversación en La Catedral, de Vargas Llosa, cuando leo sobre su profunda incapacidad para perdonar a su padre, sobre la frustración que siente al recordar aquello que pudo y no supo lograr, sobre su amargura ante lo que no puede saber, puedo ver que uno de los grandes logros de eso que llamamos (no sin cierta imprecisión) literatura, es hacer que observemos la grandeza del ser humano, su complejidad, a través de lo más bajo que hay en él.

domingo, 7 de marzo de 2010

El mundo de La casa verde


Una de las mayores características de Mario Vargas Llosa es crear universos narrativos. Es decir, hacer de sus novelas un especie de microcosmos, de tal modo que, al terminar de leerlas, uno se queda con la sensación de salir de un mundo, de una mirada totalizadora de la realidad, o al menos, de la realidad que Mario quiso retratar. Se dice que la literatura es una fotografía de la realidad: La casa verde, y muchas otras novelas del autor peruano, son fotos panorámicas, de esas de 360 grados, pues.
Acabo de terminarla. Siento, aún, en la ropa, en la piel, la humedad del Amazonas, la naturaleza vegetal, caóticamente vital, de ese territorio cambiante y sorprendente. El título de la novela, por cierto, le queda perfecto al libro: la casa verde no es solamente el prostíbulo del desierto de Piura que lleva dicho nombre, sino todo el Perú: la selva espesa, salvaje; las numerosas etnias indígenas; el dolor y la pasión de los habitantes de esos recónditos territorios.
La novela tiene dos escenarios: uno es Piura, ciudad situada (con Google Earth lo visualizarán a la perfección) al norte del Perú, a pocos kilómetros de la costa. Se trata de una ciudad desértica, en donde reina el color amarillo y las polvaredas. El otro escenario es Santa María de Nieva, pequeño pueblo (aún hoy lo es) enclavado en la Amazonía, bastante lejos de Piura y en donde, evidentemente, el verde es el color que se ve por todos lados.
La historia es difícil referirla, ya que se trata de una novela con muchísimos personajes y con muchas variantes en los destinos personales de cada uno de ellos, pero, básicamente, es una novela sobre el Perú, sobre su gente, sobre los defectos y virtudes que Vargas Llosa ve en su nación. Uno de los temas principales es el del estado de vida de las comunidades indígenas de la Amazonía peruana: muchos de los personajes de la novela son huambisas, urakusas o shapras y sufren de racismo (incluso entre ellos mismos, entre etnias), golpizas, despojos, fraudes, violaciones y formas de vida infrahumana. Un breve repaso a los personajes y a sus historias: Bonifacia, indígena urakusa arrancada de su comunidad para convertirse en pupila en un convento, en donde las monjas le enseñan “cristiano” (castellano), de ahí la expulsan y termina como prostituta en Piura; Fushía, contrabandista y bandido de origen brasileño, de personalidad autoritaria, agresivo y, como él mismo lo reconoce, traicionero; el sargento Lituma y los Inconquistables, grupo de amigos de borrachera y de aventuras; don Anselmo, fundador del prostíbulo La casa verde, de origen desconocido, que recorrerá un destino torcido y de valentía y cobardía, un destino aciago y misterioso; a estos personajes habría que sumar a las madres del convento de Santa María de Nieva y su cruzada en contra del estilo de vida indígena, a los militares que a lo largo de la historia se nos presentan, representando a las clases más bajas; al silencioso y hábil Adrian Nieves, que se conoce la selva como la palma de su mano; al atento y comprensivo Aquilino, amigo de Fushía, honrado y servicial, sabio de la vida; y un largo etcétera.
La historia de La casa verde es la suma de las innumerables historias de cada uno de estos personajes, todos ellos marcados por el azar adverso, por las dificultades de la vida y, muchos, por la frustración, por haber dejado enterrados en el desierto piurano u ahogados en la profunda selva sus sueños, su vida. Personajes muy humanos, muy crudos y reales, el acercamiento emocional con ellos es muy fuerte gracias a la refinada, brillante técnica narrativa de Mario, que convierte el texto, cada página, en un cúmulo de recuerdos, de impresiones, de comunicaciones entre las distintas etapas de la novela, utilizando la polifonía, por ejemplo, en donde distintos personajes en distintas épocas y espacios conversan entre sí, jugando con el tiempo y con el espacio, enredando las conversaciones. Mario es uno de los escritores latinoamericanos, quizá del mundo, que mejor maneja el recurso de los diálogos, no contentándose con utilizarlos como un modo de comunicación entre dos personajes del mismo tiempo y espacio, sino haciendo de los diálogos algo plástico, o mejor dicho, un elemento de barro, de arcilla, que puede moldearse de tal modo que se mezclen, se entrecrucen, dos o hasta tres diálogos al mismo tiempo, en el mismo texto, que suceden, cada uno, en un lugar y un tiempo distintos.
Por mi parte, he logrado salir, en una pieza, de la selva de La casa verde. Me ha costado mucho: días enteros de cruzar ríos, ora calmos, ora turbios; ciudades desconocidas, repletas de gente compleja, laberíntica; encuentros con un lenguaje regionalista que las personas comienzan a cambiar, a variar, a poco de salir de tal o cual pueblo, pero a pesar de todo he salido de La casa verde. Sé que volveré a ella muy seguido, y espero que ustedes se aventuren y acompañen a Fushía y Aquilino en sus peligrosas andanzas, a don Anselmo, la Chunga y los Inconquistables en la sensualidad y la algarabía de La casa verde, a Bonifacia, la que después será la Selvática, en sus pantanos morales. Buen viaje.

viernes, 4 de diciembre de 2009

El mal menor / Diario de Irak, de Mario Vargas Llosa

Encontré el libro en ese extenso bosque de hojas impresas que es la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), en su edición del presente año. Yo y mis acompañantes no teníamos ya esperanza de comprar más libros, pues nuestros de por sí escasos fondos estaban en los fondos, o a punto de llegar a ellos. Cual sería nuestra sorpresa al encontrar, en medio de las áreas dedicadas a enormes casas editoriales con precios, casi siempre, igual de enormes, a un pequeño cubículo, dirigido por un no tan pequeño norteamericano o alemán (no sé bien de que nacionalidad sería), que vendía una reducida cantidad de libros a 20 y 50 pesos, dependiendo del ejemplar. Aunque no contaba con mucha variedad, los libros estaban bien cuidados y había algunos interesantes. Entre ellos, éste de Mario Vargas Llosa.

Se trata de un reportaje que Mario realizó durante una breve, pero productiva, estadía en el Irak de la postguerra, del 25 de junio al 6 de julio del 2003. Recordemos que la guerra terminó, al menos de manera oficial, en abril del mismo año, con la caída de la ciudad de Bagdad y el, siempre relativo, control del país. Desde ahí, en el mismo Irak, escribía una serie de reportajes y crónicas acerca de lo que pudo ver y escuchar, mismas que fueron, después, publicadas íntegramente por el diario español El País, y esa es la razón por la cual quien quiera leer este libro no tendrá que ir hasta Guadalajara para conseguirlo, ni siquiera hasta la librería más cercana para ver si lo encuentra o para mandarlo pedir. Los artículos están aquí, en buena edición y con las mismas fotografías que trae la edición impresa, editada por AGUILAR. Las fotografías, por cierto, fueron tomadas por la hija de Mario, Morgana Vargas Llosa, quien se dedica, de manera profesional, a la fotografía y quien lo acompañó durante la travesía.

Evidentemente, no estamos frente a un periodista profesional. Vargas Llosa es un fabulador, un contador de historias, más que un periodista, propiamente dicho. Sin embargo, para todo aquél que haya frecuentado su narrativa, será claro el hecho de que sus novelas tienen un extenso y acertado trabajo periodístico. Novelas como “La fiesta del Chivo” y “La guerra del fin del mundo” demuestran lo que digo. Antes de ser novelista, Vargas Llosa fue periodista, trabajando desde los 16 años en el diario La Crónica, de su país y así durante muchos años más. No es, pues, ajeno al periodismo, aunque no lo ejerza profesionalmente. La visión de Irak que nos deja don Mario es una sana combinación entre la imaginación del novelista y la investigación del periodista, acertando, lo podemos ver a la distancia, en muchas de sus conclusiones y premoniciones.

Vargas Llosa, en un inicio, se opone completamente a la guerra en Irak. Decisión unilateral, con fuertes sospechas de oportunismo económico (léase Petróleo), por parte de un país muy poderoso en contra de un pequeño y paupérrimo país alejado de la realidad del mundo, anacrónico en muchas formas. Después, sus críticas a los Estados Unidos no se aligeran, sino que se extienden a aquellos que son críticos de la acción militar, a los que se erigen, a lo largo y ancho del mundo, como pacifistas. Mario comienza a notar actitudes negativas, sospechosas e igualmente oportunistas en, por ejemplo, el Presidente de Francia de aquellos años, Jacques Chirac, que aúlla de pena por, según él, el pueblo iraquí. Decide ir a Irak, averiguar por sí mismo, el misterio de la realidad, y descubre entonces un escenario mucho más complejo: un país y, con él, muchos pueblos y confesiones, sumido en el miedo, completamente inmóvil a causa del pavor a la dictadura de Sadam Husein, a sus informantes y espías, a sus torturadores y verdugos, a sus cárceles y calabozos. Imposible un levantamiento popular. Imposible, pues, un cambio que venga desde dentro. Ya se había intentado y los resultados siempre habían sido negativos (y sangrientos) para los insurgentes.

La tesis que defiende Vargas Llosa, al final de su viaje y después de conocer y escuchar a los torturados por el régimen, a las esposas, los hijos, los hermanos de los desaparecidos para siempre, las anécdotas increíbles acerca de la fiereza e impunidad total de los hijos de Husein, es la siguiente: el pretexto de las armas de destrucción masiva en manos de Husein era falso, la guerra era ilegal, desde el punto de vista del derecho internacional y de la ONU, se trató de una decisión unilateral, pero no necesariamente se trata de una guerra injusta. La guerra le ha dado a los iraquíes una oportunidad de cambiar su destino, tan doloroso. Cierto es que la guerra ha traído desastres, muertes y abusos, pero, quizá, no había otra manera, ni a corto ni a mediano plazo, de mejorar la situación de Irak que con una invasión y con la ejecución del dictador y de sus hijos. Hoy, por peligrosa y difícil que sea la situación, Irak tiene una oportunidad de crecer y convertirse en un país democrático, con muchísimo trabajo e iguales cantidades de paciencia y constancia. Con Husein y su descendencia, no había camino posible, no había esperanza.

Ustedes, ¿Qué piensan?

sábado, 14 de marzo de 2009

Gracias por el fuego


Las palabras que siguen fueron pronunciadas en 1967, por el escritor peruano Mario Vargas Llosa, en Caracas, Venezuela. La razón: se le había otorgado, en honor a su tercer libro, La Casa Verde, el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos. En el discurso, Vargas Llosa habla de una creciente tolerancia hacia la literatura de parte de las sociedades latinoamericanas, que habían sido altamente represoras con los autores libres. Sin embargo, advierte, nadie debe engañarse: “Las mismas sociedades que exilaron y rechazaron al escritor, pueden pensar ahora que conviene asimilarlo, integrarlo, conferirle una especie de estatuto oficial. Es preciso, por eso, recordar a nuestras sociedades lo que les espera. Advertirles que la literatura es fuego, que ella significa inconformismo y rebelión, que la razón del ser del escritor es la protesta, la contradicción y la crítica. Explicarles que no hay término medio: que la sociedad suprime para siempre esa facultad humana que es la creación artística y elimina de una vez por todas a ese perturbador social que es el escritor o admite la literatura en su seno y en ese caso no tiene más remedio que aceptar un perpetuo torrente de agresiones, de ironías, de sátiras, que irán de lo adjetivo a lo esencial, de lo pasajero a lo permanente, del vértice a la base de la pirámide social. Las cosas son así y no hay escapatoria: el escritor ha sido, es y seguirá siendo un descontento. Nadie que esté satisfecho es capaz de escribir, nadie que esté de acuerdo, reconciliado con la realidad, cometería el ambicioso desatino de inventar realidades verbales. La vocación literaria nace del desacuerdo de un hombre con el mundo, de la intuición de deficiencias, vacíos y escorias a su alrededor. La literatura es una forma de insurrección permanente y ella no admite las camisas de fuerza. Todas las tentativas destinadas a doblegar su naturaleza airada, díscola, fracasarán. La literatura puede morir pero no será nunca conformista.”
Cuando dijo esto, Mario tenía escasos 31 años cumplidos y comulgaba con la Revolución cubana y con su director de orquesta, Fidel Castro. Su concepción de la literatura estaba profundamente marcada por las ideas de Jean Paul Sartre, que hablaba del autor como ente y fuerza política, social. Algunos años después, Mario se alejaría, desengañado, tanto del mito de Castro como de muchas de las ideas del filósofo francés, pero nunca abandonaría la rebeldía magnífica que refleja su discurso de Caracas. No, esa concepción de la literatura como fuego, como un espíritu de rebeldía y contradicción, no se ha ido. No se irá.