martes, 22 de febrero de 2011

¡¡¡ Hay, pero como sufro !!!


Todo el mundo (yo, en primer lugar) critica, descalifica, habla pestes sobre tal o cual partido, sobre tal o cual político. Nos quejamos todo el tiempo. Parece que es nuestro único rasgo común, aquí en México: quejarnos ante todo, lamentarnos de nuestra suerte, sentirnos miserables porque el mundo no nos comprende, porque los gobiernos son un nido de ratas, porque la Facultad es mediocre, porque no nos gusta nuestro empleo, porque nuestro jefe nos trata mal. Maldita escuela inútil, malditos políticos ladrones, malditos empresarios abusones, malditos y cabrones policías, maldita ciudad tan sucia, maldita economía jodida, malditos gringos racistas, maldita tarea aburrida, maldito trabajo mal pagado, maldita religión…

Etcétera hasta el infinito y multiplicado por más de cien millones de mexicanos.

Dos cosas: no parece que nos demos cuenta de la suerte que tenemos de vivir en este país. Si no me creen, sólo pregúntenle a los cubanos, a los haitianos o a los somalíes. Yo creo que ellos me van a dar la razón. No nos damos cuenta de eso. No nos damos cuenta de la suerte que tenemos de poder estudiar, de lo que eso significa. De la suerte y el privilegio de poder votar, de tener opciones. De la suerte de que, a pesar de Hacienda, sigan existiendo empresarios y por tanto empleos en México. De la suerte de tener una economía que, mal que bien, respeta al mercado y no está en una crisis total, en quiebra, vaya. De la suerte inmensa de tener trabajo, incluso si no es aquel que deseas.

Ahora bien, la cosa esta difícil, eso ni como dudarlo. Pero, ¿no nos gusta nuestro país? Pues habría que moverse, habría que quitarnos la flojera y, en serio, dejar de quejarnos. Habría que empezar por salir a votar y, después, por organizarnos, como ciudadanos, y salir a la calle si aquello que nos prometieron no se ha cumplido. Y demandar, y exigir, pero como personas informadas, críticas de a de veras, conocedoras. Habría que leer, caray: habría que valorar la información. Tendríamos que negarnos, de manera decidida, alzando la voz, a ser utilizados en campañas electorales como si fuéramos borregos, tendríamos que negarnos a jugar ese papel de pueblo bueno y resignado y necesitado que tanto pregonan los políticos y, todo lo contrario, tomar al toro por los cuernos y hacer valer nuestra voz, nuestros intereses, nuestro punto de vista. Por las buenas o, en su defecto, por las malas.

Habría que dejar de hablar (o de escribir quejas y lamentos en blogs, por ejemplo) y comenzar a actuar. Comenzar a tomar el control de nuestro país, de nuestras vidas, y darle la dirección que queramos.

sábado, 19 de febrero de 2011

Dialogo


Tienes tantas arrugas en la cara. Tan hondas. Profundas. Más que arrugas parecieran heridas, cicatrices. Como si el tiempo tuviera en su mano imposible una navaja llena de tu sangre.

-Siempre hemos sido los mismos- me dices –El mundo cambia, Alexandro, pero nosotros no-

Te quedas callado. Tus frases son cortas, definitivas. La seguridad de tus palabras no es la del fanático, sino la del desengañado. Una certeza amarga rodea todo lo que dices.

-No somos nada sino esa lucha contra el tiempo- dices, -esa lucha, a fin de cuentas, contra nosotros mismos-

Te comento, absurdamente, las últimas noticias. Me siento un poco tonto y mis palabras pierden fuerza. “Asesinatos, degollados, muerte por doquier”.

-Déjate de tonterías. ¿Qué crees que hacíamos yo y los demás guerreros con los españoles que apresábamos? ¿Qué crees que hacían ellos con nosotros? ¿Conversar, acaso? ¿Tratar de entender lo que decíamos en aquél idioma que ya no recuerdo, que probablemente ya no existe? No. Nos matábamos, nos degollábamos, la muerte estaba por todas partes y, como vez, nunca se ha ido.

Me distraigo. Trato de imaginar tu rostro de joven. Serías bello, cobrizo y salvaje. ¿Qué cosas recordarás, aún, de las selvas vírgenes, de las ciudades de piedra de los dioses? Escupes, gruñes algo y tus ojos me ven: muertos, cansados, llenos de hastío. “Pero nunca como hoy, le digo, nunca este sinsentido”.

Me interrumpes:

-Y dale con lo mismo. Pero si esto siempre ha sido un sinsentido. Generales llegando al gobierno, esa tierra de nadie, para descubrir que no podían gobernarse ni a ellos mismos, y sucumbir ante el más tonto de los golpes militares. Llegó después un huracán que ahora le dicen revolución y todo se fue a la mierda, de nuevo. A mí me agarró la violencia, como a todos, me sujetó bien fuerte de los brazos y las piernas y ahí me vez, a caballo, gritando consignas imbéciles y siguiendo, empoderando, a los mismos canallas de toda la vida. Nunca se traicionó eso que llaman la revolución, nunca se corrompió porque, sencillamente, nunca fue pura. Fue una locura desde el inicio. Así que no me vengas con nostalgias, porque nuestro presente es un episodio más del mismo tema que nos ha consumido: la violencia.

Y, otra vez, te encierras en ti mismo. Como siempre. ¿Por qué nunca hablas sinceramente? ¿Por qué no dejas que te confronte y, juntos, quizás, aclarar tus viejas dudas, tus culpas centenarias, tus inútiles remordimientos?

Entiendo que de este silencio no saldrás en un buen tiempo, así que me voy sin despedirme. Y las calles que camino antes de entrar en mi casa son oscuras, intrincadas y borrosas, iguales a tus palabras que, en realidad, son máscaras.

lunes, 14 de febrero de 2011

Lejanos libertarios


Esta foto, de fecha que desconozco, muestra a una mujer en Irán a punto de ser lapidada por faltas a la moral. Momentos después de ser fotografiada, sobre esta mujer cayeron las rocas (pequeñas, para que no la maten tan rápido, pero lo suficientemente grandes como para que le abran la piel, la carne).

Esto sucedió en Irán, pero hoy el Medio Oriente pareciera ser uno solo, una gran unidad (aún cuando esto sea sólo un espejismo, pues pocas zonas del mundo son tan variadas y complejas). La razón de esto son las protestas (pacíficas, civiles, apasionadas, ejemplares) en las calles del Cairo y, después, la caída del dictador, Hosni Mubarak. Antes, había sucedido lo mismo en Túnez y esto parece extenderse, cada vez más. Los egipcios me han callado: escéptico, pensé que sucedería lo de hace unos meses en Irán, es decir, que el gobierno dejaría que la protesta se fatigase, que los manifestantes se cansaran de esperar sin respuesta a la vista y que, acosados por la policía y por el hambre, retornaran, vencidos, a sus casas, al menos consolados por el hecho de haberlo intentado. Pero no fue así. A pesar de que Mubarak no parecía estar dando su brazo a torcer, no se movieron. Aún cuando el Ejército (que ha estado del lado, más que nada, de los civiles y que muy pronto declaró que no dispararía en contra de éstos por ningún motivo) les dijera, altavoz en mano, que se fueran a sus casas, que ya habían hecho suficiente, no se movieron. A pesar de la crisis económica que, seguramente, se sentía en la boca del estómago, a pesar del trabajo no trabajado y de las aulas escolares vacías, no se movieron. A pesar del temor, lejano pero siempre, yo creo, en el aire, de que el Ejército decidiera cambiar de opinión y emplear la fuerza, no se movieron. Y, de pronto, se anuncia. Mubarak, el dictador, después de 30 años de estar al frente, se retira. Cede el poder. Creo que a nadie con un mínimo de sentido cívico le es difícil imaginar la enorme emoción que han de haber sentido los egipcios cuando, esa noche, se dieron cuenta de que, con valentía y decisión, habían cambiado a su país. Que ellos, los ciudadanos de a pie (no los Partidos, ni las organizaciones religiosas, ni nadie más) habían actuado y, cosa increíble, habían ganado. Podemos imaginar la sonrisa de tantos, las lágrimas y el sentimiento de unidad, mientras cantaban su himno, el cual nunca antes habían cantado con esa emoción, sintiendo, en todo su peso, cada palabra. Que envidia.

Y esto va para largo. Aquí, nos cuentan que en Argelia (vecina de Túnez) ya se han contagiado. Irán, hace meses, vivió algo muy parecido, pero en una situación mucho más difícil (sencillamente porque el Ejército de Irán, a diferencia del de Egipto, no tenía reparos en disparar contra civiles). Ahora, nos dicen aquí que lo que pasó en Egipto les ha dado nuevos bríos. “Si ellos pudieron, nosotros también”, dicen que dicen los jóvenes iraníes. Y también Yemen, aquí, y Palestina, por acá. Esto, decía, no va a parar en Egipto.

Hay un punto que me emociona, y me acerca, de modo particular a estos sucesos: las protestas, tanto en Túnez como en Egipto, fueron comenzadas y lideradas principalmente por jóvenes, en edades universitarias. Esto, decía, me acerca a ellos y me hace sentir una irrefrenable empatía por estos lejanos protestantes, pero sé que están manejando un arma de doble filo. Están, pues, jugando con fuego. No van a ser la misma cosa la emoción de la protesta y la lucha por el poder, por el trono vacío, que ya ha comenzado y en donde, como dudarlo, meterán sus manos y querrán el cetro personajes mucho más duros que Mubarak, en Egipto, o Ben Alí, en Túnez. O, como decimos aquí, el tiro les puede salir por la culata. Y es que si recurrimos a la historia, podemos darnos cuenta de que las revoluciones pocas veces tienen finales felices o, al menos, el final que sus ideólogos y creadores quisieron: está el caso de México, el de Rusia, el de China. Ahí, estático como un fósil, el ejemplo de Cuba. Se me podrá objetar que todos esos ejemplos hablan de revoluciones armadas, y se tendrá razón. Pero hay un caso muy semejante al de Egipto: el de Irán que, en 1979, y por medio de protestas casi pacíficas, derrocó a Reza Pahlevi, sin duda un dictador, pero solo para dejar en el poder a uno bastante peor, Jomeini. Son caminos que, espero, sabrán evitar.

Y a todo esto, preguntará el lector, ¿qué tiene que ver la triste fotografía de arriba con el tema feliz, aunque a medias, del que trato? Bueno, pues la fotografía muestra lo que, a mi entender, está detrás de estas protestas en Medio Oriente, y con esto me refiero a aquello que van cargando esos jóvenes y trabajadores y desempleados de Irán y de Egipto y Argelia y demás que han salido de casa y se han plantado en las plazas de sus ciudades, exigiendo el fin de esa tiranía y buscando que el futuro, su futuro, no sea tan oscuro como el que le esperaba a la mujer de la fotografía.

viernes, 11 de febrero de 2011

La noche pura


Siempre he dicho que me gusta la noche, pero ahora sé que no es cierto.

Una cosa es la noche pura, la de los valles, la de la sierra, esa noche sin sentido, sin palabras. La noche total de la naturaleza.

Otra cosa, distinta, es la noche de la ciudad: campo de batalla en donde luchamos, nosotros los seres humanos, en contra de las tinieblas.

No me gusta la noche, la noche pura. Me gusta ese día artificial que intentamos crear, esa luz nuestra, creada y colocada por nosotros, que le da sentido a la sombra, contaminándola, corrompiéndola.

Esto, claro, en ciertos momentos, en ciertas calles, en ciertos estados de ánimo que tocan, discretamente, la puerta de la locura.

jueves, 10 de febrero de 2011

Volver al PRI


Beatriz Paredes, Moreira, Peña Nieto y demás, el PRI en términos generales, festeja, de modo un tanto adelantado y, además, imprudente, una victoria en 2012. Olvidan que, en estos meses, pueden pasar muchas cosas. Hay quienes han dicho, y no solo priístas, que aquél partido que gane en el Estado de México, en el presente año, ganará, de manera segura, la Presidencia el año entrante. Pareciera que no saben la importante diferencia que hay entre el Edomex y Chihuahua, entre Chihuahua y Yucatán, entre Yucatán y el DF. México es, pues, demasiado complejo y plural como para sintetizarlo en una pequeña porción del territorio.

Y es que, en lo personal, me molesta un poco el discurso del PRI en estos últimos meses. Y quizá no sepa, aún, explicar muy bien la razón de mi disgusto, pero me gustaría intentarlo. En resumen, dicho discurso es el siguiente: ustedes se equivocaron al sacarnos de la Presidencia en el 2000. “Ustedes” somos nosotros, el pueblo, pues. “Sin nosotros, los priístas, en Los Pinos, México no puede avanzar, así que lo único que les queda, la única solución, es volver a nosotros, es arrepentirse de su error y atrevimiento y, digamos, volver al redil”.

Volver al PRI como la única solución a los problemas de México: eso es lo que proponen. Aunque, en realidad, no proponen mucho: su campaña, porque ya están en campaña, es un tanto irónica: como el PAN no ha podido eliminar la pobreza, el desempleo y la corrupción que el PRI creó, hay que votar por el PRI, que es, a fin de cuentas, quién generó dichos estragos. Ah, caray. Sus cartas electorales son los pobres que, claro, ya eran pobres cuando el PRI gobernaba, y la corrupción que ya existía, y campeaba, con ellos en Los Pinos. Critican un sistema de gobierno que ellos crearon y que, además, no han querido ayudar a desarmar, porque ni siquiera como oposición han sido responsables y constructivos. Todo lo contrario: es ya un lugar común, pero no por eso deja de ser verdad, que se han dedicado a sabotear cuanta propuesta razonable y benéfica provenga del Ejecutivo porque, de este modo, el pueblo de México entendería, entenderíamos, que sin ellos no podemos. Que hay que volver al PRI. En realidad, nunca se fueron: siguieron en muchas gubernaturas, alcaldías y diputaciones (la mayoría, de hecho), haciendo exactamente los mismos gobiernos irresponsables y corruptos de siempre.

Yo espero, pues, que de pronto los aplausos y los vivas, el adelantado confeti y los ya planeados discursos de agradecimiento y buena voluntad, se detengan, se cancelen, y que los priístas miren, silenciosos, su derrota. Nuestra victoria.

domingo, 6 de febrero de 2011

Dos libros de Mario


Terminé de leer, hace apenas unos días, dos libros de Vargas Llosa: por un lado, su última novela, El sueño del celta, y por el otro Historia de Mayta, escrita en 1984. Que enorme diferencia y, sobre todo, que diferencia tan ejemplar hay entre estos dos libros, que salto, o descenso, tan notorio en lo que se refiere a la calidad.

En muy resumidas cuentas, El sueño del celta narra la biografía de una magnífica figura de la historia de Irlanda: Roger Casement, quien fue un promotor de los derechos humanos y, ya en la última etapa de su vida, un activista de la independencia de Irlanda frente a Inglaterra, que en aquél entonces mantenía a Irlanda como una colonia. Roger Casement, en búsqueda de aventuras, viaja, primero, al Congo, que estaba bajo una férrea dominación belga, y ahí encuentra algo muy parecido al infierno, en donde los congoleños eran explotados, brutalmente, por sus dominadores europeos. Pero no será nada comparado con lo que verá en su siguiente viaje, esta vez a la Amazonía peruana, al llamado territorio del Putumayo, en donde, de nuevo, es testigo, de primera mano, del horror y la miseria a la que pueden llegar los seres humanos, en esta ocasión los indígenas amazónicos. Después de tan duras experiencias, Casement vuelve a su natal Irlanda con la firme idea de no permitir que la colonización cause los mismos efectos en los irlandeses que él había visto que causaba en los africanos y en los indígenas de América: la pérdida total de la dignidad, de la conciencia y, en cierto modo, de su humanidad. La historia que narra Vargas Llosa es muy buena, pero la narración en sí es bastante deficiente, más aún si la comparamos con todas sus novelas anteriores, en las cuales había mantenido, siempre, una tensión admirable, una constancia casi increíble de calidad y profundidad narrativa. Para mí, que casi he leído todas las novelas de este autor, este su último libro me parece el peor.

Que diferencia con Historia de Mayta, novela que, en verdad, no pude soltar apenas la comencé, completamente inmerso y como hipnotizado por la fuerza, el dinamismo, la pasión de lo que se narra. Otra vez en resumidas cuentas: Alejandro Mayta es un experimentado, pero pareciera que inútil, revolucionario comunista, que ha pasado su vida entera conspirando sin pasar a la acción, sin pasar, pues, a la Revolución. Hasta que conoce a Vallejos, un subteniente con ideas de izquierda que cree, como Mayta, que el Perú podrá desarrollarse solamente a través de la lucha armada, de la acción revolucionaria. Pero a diferencia de Mayta, Vallejos es joven todavía, animoso, con liderazgo y con la suficiente buena labia como para convencer al viejo conspirador y entonces vengar, dicen ellos, al pueblo en contra de los imperialistas que los dominan. Lo que se cuenta es real: Vargas Llosa explica que, estando en París, leyó sobre un esporádico levantamiento en los Andes peruanos y que, años después, investigó y se documentó sobre dicho suceso para después, ojo, fantasear y escribir una novela. Corrijo entonces lo dicho: lo que se cuenta esta basado en hechos reales, pero no sucedió de tal manera, sino que desordena los hechos, los cambia, los exagera o bien agrega totales mentiras, creando así un texto en donde todo es falso pero, al mismo tiempo, tan realista, tan creíble, que el mismo lector (al menos este lector) se pregunta, de pronto, si está leyendo una ficción o un reportaje periodístico.

El libro narra una ficción pero, intercalados con los fragmentos novelescos, hay entrevistas, crónicas de viajes y de encuentros que fueron realidad, que Mario cuenta en primera persona porque, en efecto, sucedieron cuando el escritor investigaba sobre lo que pasó, pero de distinto modo: ha cambiado nombres, situaciones, quizá palabras, pero el sentido es el mismo. Y después, el final de la novela: un choque con la realidad. Mario cuenta, en el último capítulo, su encuentro (este sí real) con Alejandro Mayta, inspiración para su personaje. La breve conversación que se da entre los dos, entre Mario y Mayta, es fascinante pero cruel y dolorosa de tan realista. Un excelente final que, claro, no contaré.

Lo que le falta al Sueño del celta es lo que hace maravillosa a Historia de Mayta: la literatura, la versátil y plástica utilización del lenguaje al momento de describir paisajes, personajes, situaciones. Al Sueño le falta, sobre todo, la eficacia del lenguaje y del manejo del mismo (la técnica narrativa) que le sobra a Historia de Mayta, libro que recuerda, en el sentido formal, a los mejores fragmentos de Conversación en La catedral o, incluso, La guerra del fin del mundo.

Entiendo que Historia de Mayta no fue la novela más celebrada de Vargas Llosa, y que fue vista, incluso, como una novela menor: quizá la razón es el tema político, la terrible y mordaz crítica a la izquierda que Vargas Llosa hace, o dicen que hace, en esta narración. Yo, en verdad, pienso que es de sus mejores libros y debo decir que me emocioné hasta las lagrimas con algunos fragmentos y que lo que Mario hizo con este libro, narrar la bella muerte de las ilusiones, me salvó del frío glacial de estos días, mientras lo leía en mi casa que, por el mencionado frío, se había quedado sin agua, sin gas y, de a ratos, sin luz eléctrica.

lunes, 24 de enero de 2011

Batalla


Habría que batallar con las palabras. Batallar: entrar en batalla. Combatir. Pero hacerlo para morir en ese curioso campo de batalla de los símbolos y los desnudos significados. Nuestra derrota sería la victoria más grande de todas. Permitir que la espada, destinada y fatal, de una palabra nos atraviese el corazón. Atraviese el tiempo.

Mi pasado está hecho de palabras y yo soy lo que soy por mi pasado. Siendo así, todo tiene sentido: si el pasado es una estructura lingüística, una minuciosa narrativa, entonces es literatura y, por eso, tiene sentido. Hay un orden y yo puedo penetrar en él, igual que un exégeta ante un texto complejo, casi infinito.

Las palabras de mi pasado son algunos frescos amaneceres y un atardecer que llenó de sangre al cielo; son el mar y el olor del mar y la certeza de estar frente a algo indomable, cercano a los dioses más remotos; son algunas personas, unas calles frías, dos o tres casas.

domingo, 23 de enero de 2011

Mensaje


Tú todavía no lo sabes, pero te llamarás Santiago. Así será porque a nosotros, tus padres, nos gustó la sonoridad, un tanto melancólica, de ese nombre, pero no vayas a creer que fue fácil elegirlo. Estuvimos decidiendo durante un tiempo, pronunciando en voz alta cada opción para saber, a ciencia cierta, como queríamos llamarte, como queríamos que te nombraran tus amigos, que están acá esperándote o que, quizá, vienen, igual que tú, en camino; eligiendo el nombre que pronunciará tanta gente que se cruzará contigo en esto que apenas comienzas y que aprenderás a llamar vida; el nombre con el que te festejarán tus primeros pasos, las primeras palabras, las primeras señales de tu carácter y personalidad; eligiéndote el nombre que, en una noche fresca, más cercana de lo que tú crees, dirá en tu oído, despacio, alguna mujer amada; el nombre que yo espero no alcanzar a leer en tu tumba. Santiago.

Tú ni te lo imaginas, pero acá, en el mundo de afuera, ya te estamos esperando. Hay personas inquietas, esperanzadas, impacientes por mirarte, por escuchar tu primer llanto y poder ser los primeros en consolarte, en hacer cariñosas payasadas por escucharte reír. Te estamos preparando el camino, pero, ¿será suficiente?

Todavía no, pero tarde o temprano tendrás que saberlo: el mundo no es el paraíso y las personas, en ocasiones, no son los mejores compañeros de viaje. Pero, más seguido de lo que esperas, hallarás personas sabias y escucharás, en medio del bullicio incomprensible, palabras llenas de significado, verdaderas y valiosas, como diamantes enterrados. El mundo, Santiago, la vida, siempre te acerca, pareciera que te regala, lugares, cosas, gente, recuerdos, que te llenan de calma y por los cuales podrías, aunque parezca cosa de locos, dar la vida.

Tú no sabes, aún, estas cosas. Habitas tu mundo acuático, cálido y silencioso, en donde lo único que escuchas es el ritmo constante y arrullador del corazón de tu madre y, a veces, algunos curiosos ruidos externos: somos nosotros, que ya te queremos hablar, que ya queremos que nos escuches, Santiago. Que ya pensamos en ti, todo el tiempo.

martes, 11 de enero de 2011

Espejos


Recuerdo que era un día nublado. El ruido era, todavía, excesivo. Y sin saberlo caminaba el sendero que caminaría tantas veces, bajo distintos signos, bajo distintos dioses. El camino, las calles, que se volverían una sola calle larguísima; me parecía, hace tan poco tiempo, inagotable.

Después vino la lluvia: esa lluvia y no otra. Esa tarde que cayó del cielo o que salió de entre el asfalto, de entre la gente, los carros, los camiones urbanos. Esa lluvia que era la primera: la más pura. Yo me hice amigo de esa lluvia, y caminamos los dos juntos, despacio, conociéndonos: yo dejando que me mojara, que me empapara de pies a cabeza; ella dejándome atravesarla, permitiéndome habitarla como si fuera mi casa y con la confianza y alegría (si, alegría) con que se reencuentran dos viejos amigos que no se habían visto desde hacía muchas, innumerables vidas. Cuando, a pesar de mi, regresé a mi casa, antes de entrar me paré en medio de la calle, que era un río, extendí los brazos y comencé a brincar, riendo, como un niño o un loco.

Recuerdo, también, otros símbolos: mi memoria es una tumba que es un libro que es un pozo que es un laberinto, y yo desciendo en ese pozo y no encuentro el fondo, ya no se escucha, de tan profundo, ni siquiera mi voz; yo me pierdo, irrevocablemente, en ese laberinto, y suelto, con una misteriosa seguridad, el hilo que desea resguardarme y que me guía. Un símbolo recurrente: una mujer que baila con el fuego, que se parece a la muerte, y que termina por atraparme con unas cadenas que yo acepto como quien se lanza a un abismo. Uno más: una casa donde las palabras son alcohol y el alcohol más que una palabra. Esa casa, recuerdo, tenía una abertura en el techo que siempre me intrigó: parecía una puerta clandestina del cielo.

Los símbolos son demasiados. Cada que tomo conciencia de ellos tengo la sensación de que el tiempo sólo acepta dos interpretaciones: o es una ficción, un espejismo de la mente, o es un camino, un territorio y un mar. Esta última opción no la comprendo, pero ahí estaba ya y no ha sido culpa mía.

miércoles, 5 de enero de 2011

Década

Han pasado tantas cosas y al mismo tiempo tan pocas desde aquél 2 de Julio en que el PAN, abanderado por Vicente Fox, ganó las elecciones presidenciales, después de más de setenta años con el PRI. Para todos, ese hecho significó algo y todos tuvimos una opinión, aunque dicha opinión variara muchísimo de naturaleza y de principios. Yo tenía entonces solamente 13 años, sin embargo recuerdo muy bien las calles céntricas de la ciudad de Cuauhtémoc abarrotadas de gente que, a pie o en carros, ondeaban, emocionados, la bandera albiazul del Partido. El característico bocinazo panista por todas partes y, por las banquetas e incluso a media calle, grupos de personas celebrando la victoria que sentían muy propia, muy personal. Y lo recuerdo porque yo era uno de ellos: si bien tenía trece años, siempre me ha apasionado el tema político y mi familia participó, de manera activa, en el Partido Acción Nacional durante los años ochenta, al lado de Francisco Barrio y Luis H. Álvarez, y aún durante los años noventa, con la candidatura, por ejemplo, de Cevallos a la Presidencia. Si retrocedo aún más, puedo recordarme en acaloradas elecciones internas, en donde, de manera espontánea, surgían de entre el público ruidosas porras y vivas a cada uno de los precandidatos, de tal modo que no solo era una competencia entre dichos sujetos sino también entre las distintas porras, que se esmeraban por gritar y aplaudir más fuerte que los oponentes, con lo cual el estadio o gimnasio en cuestión parecía estar a punto de venirse abajo; me recuerdo en mítines de innumerables candidatos a innumerables puestos públicos: lejanamente me acuerdo de Barrio, de modo más cercano y nítido de Cevallos, hablando, con su característico tono y energía, en un discurso que fue interrumpido por la lluvia. Con estos antecedentes, no les será difícil imaginarme, de trece años, con una bandera que me cansaba el brazo y rodeado de una multitud, afuera de la sede del PAN en Cuauhtémoc, mirando atentamente la pantalla de tela en donde se proyectaba la imagen en vivo del entonces Presidente Zedillo, aceptando la victoria de la oposición y la derrota del, años atrás, invencible PRI.

Han pasado tantas cosas y al mismo tiempo tan pocas desde aquél 2 de Julio del 2000. Se han perdido algunas palabras, se dejaron a un lado o bien quedaron amontonadas entre las banderas y los cartelones, ya inservibles después de la victoria. La clave estaba en el Gobierno de Fox: Fox tenía en sus manos la palabra más importante de la transición mexicana, que no escuchó con la atención que se requería, que no valoró y sopesó en el momento crítico: la palabra “cambio”.

No se me malentienda: considero que Vicente Fox fue uno de los mejores Presidentes que ha tenido este país y estoy seguro que el más honesto. Su llegada a la silla presidencial fue un hecho histórico y positivo, no solo a nivel nacional sino internacional. Pero el problema es que Vicente Fox no debió haber hecho un buen gobierno, como lo hizo, sino un gobierno histórico. Lo histórico fue su llegada, el sacar al PRI de Los Pinos, el llevar a la oposición (o a parte de ella) a la victoria tan esperada, pero no su gobierno, no su administración. Fox perdió su oportunidad histórica, y con él el PAN. Había que actualizar, y en muchos casos demoler por completo, muchísimas estructuras anacrónicas que todavía hoy, luego de diez años, siguen en pie. Había tantos tabúes, tantos paradigmas que confrontar. La llegada de Fox a la Presidencia fue una oportunidad histórica que, sencillamente, se desperdició. El momento era propicio, no el personaje.